Dentro de pocas generaciones el catalán, el gallego y el euskera se habrán extinguido por el imperativo histórico que hizo morir el latín, pero también por el odio que hacia estas lenguas provocan sus defensores más fanáticos, los filólogos y políticos que al imponerlas aplican la máxima de que la letra con sangre entra.
Durante centenares de años se nos transmitieron verbal y literariamente con amor, con nanas, en conversaciones familiares, con poemas, canciones y en juegos, y así pasaban a la vida cotidiana.
Por eso, y frente a lo que afirman tantos nacionalistas lingüísticos, ni siquiera Franco consiguió erradicar las lenguas madre: ellos, nuevos Torquemada-Franco, tampoco podrán exterminar el castellano, como quisieran.
Muchos niños viven angustiados porque la lengua madre autonómica es creciente motivo de castigos y de suspensos en las escuelas e institutos. Es fácil observarlo en al menos dos de esas tres comunidades: cuando no se sienten vigilados, juegan mayoritariamente en castellano.
Saben que su lengua madre es prescindible en un mundo en el que el castellano es imprescindible, y que con el inglés es una medio de comunicación universal, no local.
De mayores, encontrarán otros horizontes. Amores, amigos, trabajos, esperan en cualquier parte de este país y del mundo globalizado.
Muchos profesionales brillantes y las personas aventureras y viajeras de esas tierras se fugan hacia lugares abiertos. Un buen numero de ellos, además, van traumatizados por un idioma que deberían recordar con amor, no con una ira provocada por los abusos de los inquisidores lingüísticos.
Los filólogos fanáticos estilo Carod gobiernan solo para proteger su oficio idiomático.
Les importa únicamente el idioma, aunque su obligatoriedad obsesiva expulse riqueza e inversiones.
Aceleran la muerte de las lenguas madre al atemorizar y reprimir a los niños y al hacerlas antipáticas imponiéndolas coercitivamente a quienes no son de su comunidad.
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