Sumemos los votos nacionalistas vascos aparentemente democráticos, pero claramente racistas, y los proterroristas, y confrontémoslos con los de los constitucionalistas que se atreven a proclamarlo: la diferencia a favor de los supremacistas asusta.
En el País Vasco declararse públicamente español supone recibir insultos como los que profieren los racistas con algún negro en Virginia. Mientras allí hay castigo, aquí vuelven a dársele subvenciones estatales a los agresores a través de un nuevo partido-trampa apoyado por organizaciones etnicistas y terroristas.
En algunos lugares de EE.UU. denigrar públicamente a los negros conduce a la cárcel: es una prevención que evita que se desmanden tantos racistas, quizás millones, como los que aún hay en el país. Supremacistas blancos que quisieran tener legalizado el Ku-Klux Klan o un partido que defendiera su ideología.
Ocurre igual con los nazis en Alemania: todos dicen, como los simpatizantes de los etarras, que las ideas no delinquen. Tienen razón, pero hay ideas intolerables, y su defensa y la complicidad silenciosa con el racial-terrorismo no deben aceptarse. Los 150.000 votos filoterroristas en Euskadi son millones de racistas en EE.UU. o de nazis en Alemania, países que no son menos demócratas por prohibirlos.
Pero en España no se castiga a los supremacistas vascos, gemelos del Ku-Klux-Klan, los nacionalismos beneficiados por ETA que acosan a los débiles, a los no nacionalistas, a nuestros negros.
Y este Gobierno ha permitido renacer, y va a subvencionar, a estos segregacionistas como si fueran demócratas.
Hemos abandonado a nuestros negros ante el Ku-Klux-Klan. Muchos de ellos se sienten derrotados. Ya casi no protestan: cuando lo hacían, los acomodaticios pastores del sistema políticamente correcto, que en España es insolidario y mercader, los denunciaron como crispadores y “fundamentalistas democráticos”.
Los acusó un día, con su omnímoda, infalible autoridad sobre el PSOE, Juan Luís Cebrián, primer director de El País e inspirador del Grupo Prisa: desde entonces, y con elecciones en semilibertad o no, el constitucionalismo decayó, desmoralizado, empujado por sinusos y bífidos dirigentes, como Odón Elorza, y una parte de sus defensores ya se esconde o se humilla ante las exigencias de los supremacistas blancos.
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