Para entender la elección de Benedicto XVI habría que ser una paloma que sobrevolara nuestro planeta desde el espacio exterior.
El ave observaría la irritación provocada por ese nombramiento entre los laicos europeos, de declinante tradición cristiana, y la alegría con la que era recibido en las nuevas tierras de misión donde el catolicismo se expande.
El Papa fue elegido en Roma, que con Jerusalén asienta las bases del judeocristianismo. La ciudad que simboliza ahora la Europa que será islámica antes de cincuenta años por la baja natalidad de los nativos, su abandono del cristianismo y la alta inmigración, natalidad y religiosidad musulmanas.
Seguramente por miedo, el actual eurocentrismo laicista, que repudia el catolicismo y el protestantismo, le concede simultáneamente toda su comprensión al islamismo, que es incompatible con el racionalismo y la Ilustración.
Y el mismo laicismo que rechaza incluir como tradición europea el cristianismo en su Constitución, se irrita cuando los Papas católicos se manifiestan conservadores ratificando sus dogmas históricos.
Pero especialmente en el África subsahariana y en el Extremo Oriente ocurre lo contrario: el cristianismo más conservador, tanto católico como protestante, crece allí aceleradamente, más que el islam. Ahí está el futuro de la cristiandad y, seguramente, el palomar más atractivo para los Papas.
En aquellas naciones pobres, algunas superpobladas, el ejemplo a seguir no es el de los regímenes medievales musulmanes, sino el de los ricos estados europeos y americanos, de los que se aprecia su judeocristianismo, no su laicismo.
Entre esos nuevos cristianos triunfa una religiosidad conservadora, tradicional, estricta y puritana, que recuerda al antiguo calvinismo.
Gran expansión, movimientos carismáticos, dura y activa disciplina: algo así como una vuelta a los primeros tiempos, situación que quizás explicaría la selección cardenalicia de este último Papa.
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