Un desesperado padre de familia fue abatido a tiros al lado de su pareja y de sus cuatro hijos tras huir con ellos de una prisión valenciana en la que todos estaban condenados a cadena perpetua a pesar de no haber cometido delitos.
Unos policías mataron al padre de tres disparos, aún sabiendo que solo tenía sus propias manos para atacar o defenderse. Ni siquiera pensaron en usar armas no letales para detener al huido que buscaba la libertad junto con su compañera, tras malvivir 28 años en prisión.
La pareja tenía tres hijos de entre 18 y 6 años de edad, y un bebé que había nacido el pasado 27 de marzo.
Delante de su aterrorizada familia, la Policía Nacional de Valencia mató fríamente a ese ser que, llevado por el amor a los suyos, había huido con todos ellos y no solo, como su instinto seguramente le aconsejaba.
Esta crónica no pretende ser sentimental. Es una reflexión sobre nuestra conducta con el animal más cercano al hombre, el chimpancé, que puede manejar decenas de símbolos, incluidas palabras, para entenderse con nosotros, los seres supuestamente racionales. Y que llegó a conocer el valor de una familia.
Una familia que había huido en pleno del zoológico de Valencia. Cuyos cuidadores, sus carceleros, se supone que no disponían de dardos anestesiantes, redes u otros métodos incruentos para capturar a nuestros primates.
Lo que demuestra varias irresponsabilidades, aparte de la tortura carcelaria injustificada de esos seres inocentes: tenerlos en zonas deterioradas o mal cerradas que invitan a la huida, y carecer de métodos no mortíferos para evitar crímenes como el cometido con Coco.
Queda una familia deshecha: Mirinda, compañera y madre, y sus hijos Chispa, Kete y Pascualín. El bebé que aún no tiene nombre: quizás Coco murió para que él encontrara alguna libertad.
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