Igual que desagrada que algunos viejos franquistas se presenten ahora como izquierdistas radicales, disgusta recordar como Juan-Paul Sartre, el gran intelectual que tanto influyó en la izquierda europea desde 1930 hasta su fallecimiento en 1980, trampeó con nuestras conciencias.
Demasiado tarde supimos que se dejó proteger por los nazis, algo común en el gochismo francés: como el líder comunista Georges Marchais, un obrero voluntario de Hitler, o quien fuera presidente François Mitterrand, antiguo colaboracionista en Vichy.
Al final, resultó que notables representantes de la izquierda gala habían aceptado el nazismo, casi igual que la derecha, que Petain, los fascistas de Acción Francesa, los ideólogos de la aún viva La Croix y demasiada gente del pueblo.
Ahora se presenta en París una exposición en la Gran Biblioteca Nacional que recuerda el centenario de Sarte, nacido en 1905. Con ella, Francia homenajea a uno de los seres más geniales, pero también más viscosos, pringosos y tramposos de la Europa del siglo XX.
Un tipo bajito, bizco, feo y con halitosis que convencía a las personas inteligentes de que sus cambiantes sofismas eran axiomas mientras conquistaba a numerosas mujeres hermosas.
Oportunista y “bon vivant”, defendió la existencia de los gulags soviéticos, decía que Mao encarnaba la voz de los pobres mientras mataba a millones de chinos, y afirmaba que la sangre de los burgueses fecundaba la tierra.
En España le admiraba y veneraba una generación de antifranquistas que llegamos a creer que la URSS era el paraíso, Mao un dios comunista y que el futuro del hombre era el Marxismo-Leninismo-Sartrismo.
De Sartre solo valen hoy su compromiso anticolonialista y su libro “Las palabras”. Lo demás es absolutamente prescindible; y sorprende que, además de la Francia oficial, muchas izquierdas sigan homenajeando acríticamente a este santón brillantísimo, pero deshumanizado, cruel y estafador.
El verdadero gran intelectual francés de la época fue su antiguo amigo y después su rival intelectual Raymond Aron (1905-1983), pero prácticamente se olvida su centenario. También demasiado tarde hemos descubierto que su pensamiento era claro, honesto, verdadero. Amábamos a Sartre, odiábamos a Aron. ¡Qué estúpidos!.
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