Todavía conserva alguna chispita literaria, pero cuando se esperaba una de sus geniales historias, el último Gabriel García Márquez (GGM) ha aparecido como una calamidad comparado con el magnético escritor de “Cien años de soledad”, con el Nobel de 1982.
Los críticos literarios habituales nos han engañado. Quizás porque no se atreven a decir que el escritor está vivo, pero su literatura, muerta y corrupta. Dicen que ha vuelto a escribir una obra maestra con su “Memoria de mis putas tristes” (Mondadori). Una patraña, una falsedad absoluta.
Para alguien con un mínimo de sensibilidad este GGM ya no tiene ni los recursos, ni la imaginación de sus grandes años, y su obrita asquea porque es chusca, cursi y apología de uno de los delitos más repulsivos, la pederastia.
Es la historia de un periodista nonagenario que desflora a una virgen de catorce años, drogada y adormilada por una alcahueta.
Mezquino viejo verde presentado como un don Juan orgulloso de su hazaña. Grosera narración. Artificio rastrero. No es ni realismo mágico ni imitación de la vida de un tipo pervertido: es solo baja literatura, degradación de alguien que fue grande.
Como contraste, se recuerda a Sade y su Justine o Los crimenes del amor, y se entiende por qué el Divino Marqués sigue vivo dos siglos después de muerto.
Se evoca también a Vladimir Nabokov en Lolita, con un Humbert-Humbert que no es un héroe, sino un antihéroe humillado, o al desolador Yusanari Kawabata, en La Casa de las bellas durmientes, seguramente la inspiración de GGM.
Y se llega a la conclusión de que el autor colombiano debería tener alguien honrado a su lado que le diga que sus últimos trabajos son de papelera. Éste libro debe tirarse, olvidarse. Triste GGM.
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