Muchos de los más influyentes intelectuales calificaron siempre a George W. Bush como tonto y peligroso, aunque algunos de ellos comienzan a advertir que si le salen bien las elecciones de Irak y mejora la relación israelo-palestina, podría convertirse en un notable presidente.
Aún conserva enemigos: acaba de recibir un manifiesto en su contra con 9.000 firmantes, intelectuales y artistas. Claro que Ronald Reagan logró 58.563 firmas de iguales orígenes, y tras propiciar la caída del Telón de Acero y la desaparición de la URSS ayudó a muchos países, especialmente europeos, a ganar libertad y prosperidad.
Ahora lo presentan mayoritariamente como uno de los diez grandes presidentes estadounidenses.
Ya reelegido, George W. Bush no es más listo que antes. Sigue con su doctrina de que la libertad, especialmente la comercial, arrastra a las demás y genera riqueza. Lo que beneficia a todos, incluyendo a EE.UU.: así de simple.
Por eso paga con muertos norteamericanos la posible instauración de un sistema liberal en Irak, contagioso para toda el área circundante.
No es petróleo lo que necesita. Con su poder en el Congreso y en el Senado puede conseguir la autorización para extraer más combustible de Alaska del que exportan Irak y Arabia Saudita a EE.UU.
Quiere imponer su concepto de cómo debe ser el mundo. Una cadena de razonamientos que concluye demandando la revolución mundial permanente, idea aportada por los neocon de su equipo que habían sido trotskistas anteriormente.
Las grandes dictaduras, tipo China, se reforman por impulsión, y con ellas deben mantenerse buenas relaciones, pero hay que democratizar regímenes fanáticos que, como el iraní, tratan de obtener armamento atómico: esa es la doctrina.
Bush no es tonto, no. Recuerda a la Estrella Brillante de la Mañana, aquél Diablo de Fernando Pessoa que vigilaba y manejaba el mundo desde las alturas.
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