Shoah es el viento negro de la matanza, mientras que Holocausto significa sacrificio, recuerda el gran George Steiner, judío nacido en la Viena de entreguerras.
La ciudad que ya en el prenazismo persiguió a sus más ilustres habitantes: Benjamin, Adorno, Bloch, Lukáks, Freud, Zweig y Roth, entre otros genios hebreos.
Parece más preciso decir Shoah que Holocausto cuando se habla del exterminio de seis millones judíos en los campos como el de Auschwitz, liberado ahora hace sesenta años.
Ningún país árabe, excepto Jordania, se ha sumado al recuerdo. Tampoco han participado las extremas derechas e izquierdas. No quieren recordar que solo en Auschwitz, Polonia, se gaseó como mínimo a 900.000 judíos, y a unos 200.000 gitanos y polacos.
En España, Izquierda Unida exige valorar igual el exterminio planificado de judíos que la muerte de soldados soviéticos en la guerra mundial. Quiere desfigurar el significado del Genocidio. Como José Saramago, que llamó Holocausto palestino a la batalla de Jenin, en 2002, en la que murieron 52 palestinos y 27 israelíes.
Seis millones de hebreos asesinados metódicamente, perfecta programación. Miles de años de sabiduría, de progreso y de historia. De familias que luchaban para que su siguiente generación nos entregara arte, cultura, ciencia: ¡los gentiles, cuánto le debemos a los judíos!
El nazismo trató de exterminarlos porque eran aventureros del pensamiento libre: el nazi odia las personas independientes, emancipadas, de mente abierta.
Atentos, porque vuelven a multiplicarse las ideologías así: quienes rechazan la reflexión individualista organizarían otro Shoah, si pudieran. Por eso, la mitología comunal, el fanatismo, religioso o patriótico, la ruptura de la singularidad personal para convertirla en masa, llevan al nazismo.
Hitler siempre anida en los grupos uniformes, geográficos o espirituales. Y en España, algunos nacionalismos y colectivismos recuerdan el “judenrein”, advierte Steiner.
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