Hace casi un siglo decía Julio Camba que el Reino Unido existía gracias a los bobbys, los impresionantes guardias que con su casco y chubasquero soportaban incólumes, como la Torre de Londres, unas lluvias capaces de disolver cualquier imperio.
Pero los bobbys no pudieron frenar la pérdida de aquella supremacía y su concentración en una isla y una pequeña parte de Irlanda que resultan físicamente la mitad de España.
Los bobbys ya son poca cosa: le delincuencia crece y la mayoría de ellos –y ellas—portan gorra de visera como los amables carteros antiguos.
¡Ah!, pero para salvar al viejo país, a la gran Inglaterra, a Gales, Escocia e Irlanda del Norte, están las inglesas, sus jóvenes de la clase trabajadora.
¡Qué mujeres! En invierno, y bajo las nevadas de estos días, pisotean briosas las calles con sandalias veraniegas, minifaldas que son cinturones, camisetas de tirantes. Despidiendo vaho por los poros, emiten un calor que, éste sí, disuelve a los elementos. Son la fuerza de ese pueblo.
Las pastelerías, los salones de te y los nuevos cafés de aspecto antiguo que está llenado este país, ponen terrazas descubiertas en el exterior, en las que se sientan las muchachas con sus risas, dejando que les caigan a plomo copos de nieve y grados bajo cero.
Raza descendiente de celtas que hacían la guerra desnudos, de quienes en York le dieron un emperador a Roma, de Braveheart, que como escocés no usaba ropa interior, pero no por tacañería, sino para exhibir sin dificultades su virilidad ante el enemigo.
Esas mujeres enfrentadas al clima más desagradable de las islas atlánticas serán, después, grandes matronas, perennes paridoras de un pueblo duro, soberbio y rocoso como Gibraltar.
Y mientras las inglesas sigan siendo así, Gibraltar nunca será español.
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