Felipe González le ha advertido a José Luís Rodríguez Zapatero que no debe confundir la descentralización del Estado con su centrifugación, que es la huida hacia el exterior de sus componentes cuando se les somete a un vertiginoso giro alrededor de un eje.
Buen aviso, porque Zapatero le da rápidas vueltas a la estructura de España, como si estuviera jugando con la pequeña centrifugadora que traía el Cheminova, un laboratorio infantil que regalaban los Reyes de Oriente para hacer ensayos de física y química.
La advertencia del expresidente a su sucesor del PSOE es seria. Más que una sentencia despreocupada como las que dice desde que dejó de gobernar, hace casi una década, y que a veces lo mantienen como un respetable estadista, y en ocasiones como un pasota algo despectivo.
González es un ser complejo que tuvo un enorme sentido de su responsabilidad. Fue fundamental en la modernización de España. Y aunque cometió errores, ninguno fue porque se dedicara a jugar con el país como si fuera un laboratorio.
Zapatero parece que le ha tomado gusto a su Cheminova, que no solo es un regalo sorpresa venido de Oriente, sino que trae, con su centrifugadora, frasquitos con productos capaces de hacer volar la casa con toda la familia dentro.
Felipe González había nacido en época de pobreza y de regalos útiles, plumas y libros, que tenía que conservar. Zapatero se formó en una etapa mas próspera, de Cheminovas de usar y tirar, de desechar todo lo viejo para cambiarlo por juguetes nuevos.
Por prudencia convendría crear algo así como un Felipe Zapatero, con la experiencia del estadista y menos ingenuidad que la de los chicos que se creen grandes innovadores porque rompen los chismes antiguos para probar otros desconocidos.
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